Antes de convertirse en San Pedro, él era simplemente Simón, un pescador como tantos otros de Galilea. El viaje de Simón hasta convertirse en Pedro, la roca, no tuvo nada de fácil.
Dejó todo por seguir a Jesús, aunque, a menudo, le costaba entender del todo al Maestro. Declaró con valentía que Jesús era el Mesías, pero no pudo aceptar a un Mesías que iba a sufrir y a morir. Fue testigo de la transfiguración en gloria de Jesús, pero, cuando las cosas se pusieron difíciles, San Pedro negó siquiera conocerlo.
A lo largo de todos los altibajos de San Pedro, Jesús nunca dejó de amarlo. Eso es lo que hace un Buen Pastor: guía a sus ovejas (que tienden a extraviarse) hacia sitios seguros y las llama por su verdadero nombre, aun cuando ellas olviden quiénes son en realidad.
«Yo soy la puerta; los que entren a través de mí serán salvos. Entrarán y saldrán libremente y encontrarán buenos pastos». Juan 10:9