La Basílica de San Pablo Extramuros fue fundada por el emperador Constantino en el siglo IV sobre el sitio donde tradicionalmente se cree estuvo la tumba de San Pablo. Este apóstol, martirizado en Roma cerca del año 67 d. C., ha sido fundamental en las enseñanzas cristianas sobre el perdón. San Pablo, que alguna vez fuera el perseguidor más acérrimo de los cristianos, se convirtió en el mayor defensor del perdón que tenemos a través de Cristo.
Mientras estás aquí, busca estos tres sitios:
La tumba de San Pablo
As you consider Paul’s life, reflect on these verses:
“Christ Jesus came into the world to save sinners”—and I am the worst of them all. But God had mercy on me so that Christ Jesus could use me as a prime example of his great patience with even the worst sinners.”—1 Timothy 1:15b-16
La vida de San Pablo es un testimonio del perdón de Dios. El mismo perdón que Dios le otorgó al perseguidor de su iglesia está disponible para ti.
Los mosaicos del Cristo Pantocrátor
The 13th-century mosaics in the apse depict Christ in majesty, surrounded by saints, including Saint Paul. Paul’s embrace of God’s forgiveness led him to boldly proclaim that others could be forgiven as well:
“For to me, living means living for Christ, and dying is even better.”—Philippians 1:21
La Puerta Ostiense
Mira hacia abajo: probablemente estés andando por el mismo camino por donde pasó San Pablo. El apóstol sabía que seguramente sería ejecutado, por lo que le escribió lo siguiente a su «hijo espiritual», Timoteo:
«En cuanto a mí, mi vida ya fue derramada como una ofrenda a Dios. Se acerca el tiempo de mi muerte. He peleado la buena batalla, he terminado la carrera y he permanecido fiel» (2 Timoteo 4:6-7).
Si sientes el perdón de Dios en tu vida, ¿estarías dispuesto a hablarle a alguien más sobre esto?
Señor Dios,
Dador de vida eterna
y Juez justo de toda la humanidad,
oye mi oración.
¡Cuán hermosa es tu morada,
Rey del cielo y de la tierra!
Mi mente y mi corazón quedan abrumados
al entrar en los atrios del Señor.
A través de las multitudes de peregrinos, mis compañeros,
veo el tributo a San Pablo, tu siervo.
Me inunda el asombro
cuando considero que el mismo Dios
que ablandó el corazón de un perseguidor
y lo transformó en un instrumento de la verdad
todavía realiza una buena obra en mí.
Porque, a decir verdad,
todavía hay mucho trabajo por hacer.
Hago lo que sé que no debo,
y rechazo lo que debería atesorar.
Quiero hacer lo que tú dices que es bueno;
sin embargo, una y otra vez,
sigo sin estar a la altura de tu gloria.
Y en estos momentos
en que estoy seguro de que, finalmente,
ya no hay vuelta atrás,
tu voz me llama.
Te oigo decir:
«He barrido tus pecados como si fueran una nube.
He esparcido tus ofensas como el rocío de la mañana.
Regresa a mí,
porque he pagado el precio para hacerte libre».
Libre…
Libre.
Soy libre.
Mediante la sangre de Jesucristo,
que derramó por mí.
Puedo bailar bajo la lluvia de tu misericordia.
Puedo disfrutar en las olas de tu gracia.
Puedo cantar de tu amor constante
que nunca se da por vencido,
que nunca pierde la fe,
que siempre tiene esperanza
y que permanece por siempre y para siempre.
Al acercarme a esta puerta,
una cumbre en mi peregrinación,
me resisto a intentar comprender
las razones que hay detrás de tus misterios.
Porque hay una verdad que me guía
y que alumbra cada paso de mi camino:
Tú me amas.
Tú, el Artesano de las delicias,
te deleitas en mí.
No por lo que hago,
ni porque me necesites,
sino, simplemente, porque así lo eliges.
Porque, en Cristo, no soy la suma de mis pecados.
No he sido abandonado.
Soy tu hijo,
y tú eres un Padre bueno.
Gloria al Padre,
al Hijo
y al Espíritu Santo,
como lo era en el principio,
lo es ahora y lo será para siempre.
Amén.