La Basílica de San Pedro, la iglesia más grande (y, tal vez, la más significativa) del mundo, ejemplifica una de las mayores historias del perdón de Dios que encontramos en la Biblia. Después de que Jesús fuera arrestado, San Pedro negó airadamente siquiera conocer a Jesús. Sin embargo, Jesús perdonó a San Pedro, restauró su relación con él y lo convirtió en pastor del pueblo de Dios.
Observa el tamaño y la escala del edificio y de las obras de arte que te rodean, ¡y recuerda que el amor y el perdón de Dios son mucho más grandes!
Salmos 103:1-5 declara: «Que todo lo que soy alabe al Señor; con todo el corazón alabaré su santo nombre. Que todo lo que soy alabe al Señor; que nunca olvide todas las cosas buenas que hace por mí. Él perdona todos mis pecados y sana todas mis enfermedades. Me redime de la muerte y me corona de amor y tiernas misericordias. Colma mi vida de cosas buenas; ¡mi juventud se renueva como la del águila!».
Mientras estás aquí, deja que todo lo que ves te recuerde el gran amor de Dios al perdonar tus pecados:
Señor Dios,
que fuiste el autor de las páginas del tiempo,
que hilaste el tejido de la realidad
y colocaste las estrellas en su sitio,
oye mi oración.
Tus manos han estado trabajando desde el principio,
cuando ordenaste que apareciera la mañana,
cuando le pusiste límites a los mares detrás de sus costas
y pintaste de colores el cielo.
¡Qué maravilla ser llamados tu obra!
Que nosotros, que venimos del polvo de la tierra,
seamos honrados con la corona de tu amor.
Sin embargo, aun en la abundancia del Edén,
nuestro corazón anhelaba más.
Cambiamos la verdad por una mentira
y adoramos al regalo, en lugar de al Dador.
Y tanto en aquel momento,
cuando Adán y Eva se apartaban en vergüenza,
como ahora,
que mi mente se confunde en rebelión y remordimiento,
Tú dejas conocer tu misericordia.
Porque de la Bendita María
vino tu Hijo prometido,
que siempre ha sido
y siempre será.
¡Cómo alaba mi alma al Señor!
¡Cómo se regocija mi espíritu en Dios, mi Salvador!
Él muestra misericordia de generación en generación
A todos los que le temen.
Observo tu misericordia que está a la vista,
Redentor de los caídos,
en las historias labradas
por los fieles artesanos que vinieron antes que yo.
Me invitas a seguirte
en tu bautismo,
dejando mis antiguos caminos, para que pueda
vivir sin obstáculos en la voluntad del Padre.
Tú me buscas
(¡sí, a mí!),
cuando me desvío por los
arbustos espinosos y los matorrales de la pecaminosidad.
Me recibes en casa,
Padre mío, poderoso y misericordioso,
cuando finalmente recapacito
y me ofrezco nuevamente a ti.
No me miras con condenación,
aunque tienes todo el derecho a hacerlo.
En cambio, me recibes con gran júbilo.
Dices de mí:
«¡Este es mi hijo!
Estabas muerto, pero has vuelto a vivir.
Estabas perdido, pero ahora has sido hallado».
¿Acaso no es esta tu historia?
¿Que Aquel a través de quien fueron hechas todas las cosas
soplara vida nuevamente en nuestros pulmones vacíos?
¿Qué nosotros, que vivimos en la vergüenza de la oscuridad,
viéramos la luz de tu amor
y lo hiciéramos nuestro hogar?
Que todo lo que soy alabe al Señor,
quien me arranca de las garras de la muerte
y me corona de amor y de compasión.
¡Digno es el Cordero que fue inmolado
de recibir poder y riquezas y sabiduría y fortaleza
y honor y gloria y alabanza!
Amén.